Las Ventas – Madrid
2ª corrida de rejones de la Feria de San Isidro
Casi lleno
Diego Ventura y Leonardo Hernández han salido por la Puerta Grande de Las Ventas.
Corrida de rejones y “público de rejones”, que casi llenaba la plaza (mucho cemento en las andanadas de sombra). Se han lidiado en tarde calurosa seis mansos de Vda. De Flores Tassara, que han obligado a los tres rejoneadores a esforzarse para provocar sus embestidas.
Diego Ventura ha vuelto a demostrar su maestría en el rejoneo, doma extraordinaria, emocionante toreo a caballo, rejones en su sitio, banderillas al quiebro, banderillas cortas en series de tres sin despegarse del toro y “teléfono”. Amplia cuadra en constante renovación. El rejón de muerte del quinto quedó caído y lo solucionó descabellando al primer intento. Oreja y oreja.
Leonardo Hernández, que sustituía a Alvaro Montes, tuvo una actuación destacada con el tercero, pero no acertó con el acero. Con el sexto citó de lejos para poner una banderilla al quiebro y falló, pero alborotó los tendidos al repetir con éxito. Banderillas cortas al violín. Rejón de rápido efecto y velocidad del presidente en sacar los pañuelos para conceder dos generosas orejas.
Sergio Vegas, ovacionado en ambos, perdió una oreja en su primero al fallar con los rejones de muerte.
El caballo “Duque” de Leonardo Hernández resultó corneado por el tercer toro en el cuarto trasero derecho, afortunadamente de pronóstico leve.
6 toros de Vda. De Flores Tassara.
Sergio Vegas: saludos y saludos
Diego Ventura: oreja y oreja
Leonardo Hernández: silencio y dos orejas





El diestro de Gerena, que fue una de las revelaciones del ciclo isidril del pasado año, cuando cortó una oreja y perdió la Puerta Grande con la espada, había apostado muy fuerte en el inicio de temporada, lanzando un órdago en la primera plaza del mundo. Pero, las cartas no han estado de su parte, los toros no han dado el juego que esperaba y parte del público le estaba esperando "con los cuchillos afilados". Los mismos que pitaban a los toros al pisar el albero los aplaudían en el arrastre con "animus molestandi" hacia el torero.














